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«Aquí eres médico, madre, psicólogo...»

8 de octubre de 2017

Arantza Bengoa lleva veinte años como médico en la cárcel de Martutene. «Nos peleamos por nuestros pacientes y si les tratan mal, nos duele»

EL DIARIO VASCO.COM – (A.A., DONOSTIA/SAN SEBASTIÁN).- Arantza Bengoa volvió a la cárcel cuando nadie quería trabajar allí. ETA había asesinado a Francisco Javier Gómez Elosegi, psicólogo en Martutene, un 11 de marzo de 1997, y parte del equipo médico pidió otro destino. La médico había pasado antes tres años en Urgencias del Hospital del Bidasoa y aceptó regresar a prisión, donde ejerce desde entonces. Está acostumbrada a que le hagan preguntas sobre su trabajo y habla con transparencia. «Hacemos medicina, pero al final casi es lo de menos. Nuestro papel también es de escucha y de ayuda. Eres médico, psicólogo, madre... Muchas veces vienen a contarte cosas. Simplemente a hablar. Y cuando les preguntas si tienen algo médico que consultar, te dicen que no, que están bien».

Le sigue impresionando la delincuencia juvenil. Que haya chavales de 18 años con un historial penal a sus espaldas, reincidentes y socialmente desprotegidos, le resulta descorazonador. Muchos salen y acaban volviendo. La cárcel como único destino. Cuando dice que a veces se pone en el papel de madre, se refiere a los consejos que da a esos jóvenes, que conviven en la cárcel con los reclusos más adultos. «Cuando estoy con chicos de 18-19 años, me acuerdo de cuando mis hijos tenían esa edad y procuro que intenten aprovechar su paso por aquí. Porque la cárcel ya sabemos que no es un lugar amigable, pero al menos que vayan a la escuela, que se saquen el graduado escolar. Sé que es atenderles con un sentido paternalista, lo contrario de lo que dicen que hay que hacer ahora de la proactividad y del empoderamiento. Pero a veces no sé qué recursos se pueden utilizar con estos chicos que con 18 años ya están en la cárcel». Recuerda que al principio de su carrera «sí hubo algún joven que le hizo sudar. Suelen ser los más revoltosos». ¿Y qué hacen? «Desde comer pilas para salir y que le lleven al hospital a hacerse cortes en los brazos, lo que ellos llaman chinazos». Pero no pronuncia la palabra miedo. «Nunca he pasado miedo. A mí no me han tocado nunca ni un pelo. En cualquier centro de salud, o en unas urgencias, los profesionales sanitarios tienen más riesgo de sufrir una agresión. Nosotros estamos constantemente protegidos. Los funcionarios no entran, ni llevan pistolas ni porras, pero están ahí. Los presos en general nos respetan».

Hasta para un colchón

En una pequeña ciudad como es una cárcel, con su economato, ambulatorio y escuela, y salvando las distancias enormes que separan ese mundo del exterior, la figura del médico forma parte de la idiosincrasia penitenciaria, como ocurre con el cura. «A nosotros nos tienen casi siempre a su favor. Y nos vienen para todo, a que les cambien el colchón, a que les den leche. Intentamos pelearnos por ellos en los estamentos. Y de hecho si les tratan mal en algún sitio, nos duele».

No se refiere a agresiones, aclara, pero sí a un recelo hacia el contacto con los presos cuando ponen un pie fuera de la cárcel. Lo perciben por ejemplo en las consultas hospitalarias, cuando se traslada a un preso enfermo a hacer una prueba. «La gente sí tiene miedo. En el hospital no les tratan mal, pero sí han notado ese recelo. Los propios profesionales nos lo han comentado», un prejuicio entendible por desconocimiento, dice sin juzgar, y que también suelen manifestar los sanitarios que hacen sustituciones dentro de la prisión, reticentes a aceptar la vacante. «Los que tienen que venir a hacer sustituciones se lo piensan, y al final están tan contentos. Es un trabajo diferente».

Si la medicina ya es un trabajo vocacional, la sanidad penitenciaria requiere también de estar hecho de otra pasta. Bengoa y el resto del equipo (tres médicos, cuatro enfermeras y dos auxiliares de enfermería que cubren el servicio los 365 días del año) se reconocen «satisfechos», pero se quitan cualquier mérito. «No somos hermanitas de la caridad, tenemos días con broncas y líos como todo el mundo».

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