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Quince años de esfuerzo común

26 de septiembre de 2017

Cerca de 700 personas han encontrado una nueva oportunidad para salir de las drogas en el programa terapéutico Loyola del Centro Penitenciario de Segovia

EL ADELANTADO.COM – (M. GALINDO, SEGOVIA).- Con el ímpetu que caracteriza a los religiosos de la Compañía de Jesús, el padre Jaime Garralda llegó a la recién inaugurada cárcel de Segovia en 2001 con un novedoso proyecto bajo el brazo: crear un módulo terapéutico en el centro penitenciario dedicado íntegramente a los reclusos con problemas de toxicomanías en el que el cumplimiento de su condena les sirva no sólo para alcanzar la libertad, sino para obtener una nueva oportunidad libres también de la esclavitud de las drogas. Un año después, en 2002 el módulo II de la prisión segoviana comenzaba a aplicar el Programa Terapéutico Loyola, con la tutela compartida de la oenegé Horizontes Abiertos y la dirección del centro y tres lustros después este programa ha cumplido con sus expectativas y ha permitido que cerca de 700 internos hayan participado de una iniciativa que ha sido pionera en el sistema penitenciario, avalada por el esfuerzo de voluntarios y profesionales que en estos 15 años han trabajado codo con codo con los internos para mostrarles un camino distinto y esperanzador.

La tarea no ha sido fácil. Milagros Sáez, coordinadora del programa terapéutico de la actual Fundación Padre Garralda-Horizontes Abiertos y el educador del centro penitenciario Jesús Hernández han vivido cada día de los 15 años que el programa lleva funcionando en la cárcel, conscientes de que no es una tarea personal, sino fruto de un trabajo en equipo. La financiación de la Junta de Castilla y León a través del Comisionado Regional sobre Drogas, y el apoyo de instituciones como Cruz Roja, Cáritas y la Fundación Caja Segovia ha conseguido consolidar esta tarea.

El acceso al programa es libre y voluntario por parte de los internos, que deben solicitar su inclusión en el proyecto. Esta es la premisa fundamental del inicio del tratamiento, ya que el primer paso “debe partir siempre del propio interno”, asegura Hernández. A partir de ahí, la solicitud es analizada por el Grupo de Atención a Drogodependientes del centro, formado por un equipo interdisciplinar integrado por psicólogos y educadores del centro y profesionales y voluntarios de las oenegés colaboradoras en programas de toxicomanías; que determinan la idoneidad del aspirante y autorizan su ingreso en el módulo.

A partir de ahí, comienza el trabajo de los profesionales del módulo, que en un principio llevan a cabo un tratamiento individualizado del nuevo ingreso, del cual se infiere su ubicación en alguno de los grupos de trabajo del módulo, en los que se desarrollan actividades formativas y de ocio.

El trabajo en el módulo se ajusta a un horario de actividades que los internos tienen que cumplir a rajatabla, inicialmente orientado a la abstinencia total en el consumo de drogas. De este modo, los internos pasan revisiones analíticas periódicas para detectar cualquier sustancia estupefaciente, de manera que cualquier recaída pueda ser tratada de forma inmediata por el equipo de profesionales del módulo.

“El objetivo del trabajo en el módulo es mantener a los internos siempre ocupados –señala el educador del centro- pero con una ocupación positiva, de manera que ellos mismos puedan sentirse útiles y ver que su tiempo puede ocuparse en otras actividades completamente ajenas al consumo de drogas”.

Las salidas programadas, y especialmente la participación de los internos en actividades como el Camino de Santiago o el Camino de San Frutos son la ‘guinda’ de un proceso lento que requiere un esfuerzo continuo y el apoyo directo de los profesionales. De este modo, participar en las rutas jacobea y del Santo Eremita supone “algo más que un premio”, según asegura Hernández, sino “el reconocimiento de que el esfuerzo tiene su recompensa, que es algo que ellos mismos también ven en cada etapa del camino”.

Pero el trabajo no se circunscribe únicamente al centro. Mila Sáez asegura que el programa terapéutico “es un medio y no es un fin” para conseguir que los internos emprendan una vida libre de drogas y alejada de la marginalidad. Así, señala que una vez que abandonan la prisión, desde el módulo se les deriva a los recursos asistenciales en materia de toxicomanías de sus ciudades de origen, ya que el trabajo en red con las instituciones públicas y oenegés garantiza el seguimiento y el tratamiento que necesitan cuando cumplen su condena. Asimismo, expresa su satisfacción por que el 80 por ciento de las personas que han iniciado el programa terapéutico lo han culminado en su totalidad, lo cual es un éxito “y una garantía de futuro para todos”.

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