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«La cárcel no está llena de 'malos', está llena de pobres»

24 de septiembre de 2017

Hoy se celebra el día de la Merced, patrona de las prisiones. Así se vive el evangelio en el centro penitenciario de Alhaurín de la Torre

DIARIO SUR.ES – (BEATRIZ LAFUENTE, MÁLAGA).- “Cuando uno piensa en la cárcel siempre vienen a la mente los malos-malísimos de las películas, asesinos en serie.... Y nada más lejos de la realidad”, explica el delegado diocesano de Pastoral Penitenciaria, el religioso trinitario Antonio Elverfeldt. Tras más de veinte años trabajando en la prisión afirma que en la cárcel de Alhaurín por ejemplo «tenemos alrededor de mil presos, y de ellos, un dos o tres por ciento tienen delitos muy graves; el resto son pobres. Para mí la cárcel está llena de pobres, personas que de una manera u otra han llegado a la ilegalidad porque no han sabido o no han tenido las herramientas para organizar sus vidas de otra manera. Personas que no saben defenderse porque no cuentan con los medios y acaban en la cárcel. Pero realmente los que sufren la condena son sus familias. Los internos tienen comida, techo... pero sus familias se quedan sin ingresos mientras el cabeza de familia está en la prisión. Por eso, también acompañamos a las familias porque no son culpables y sufren lo mismo. Yo soy párroco en la barriada de la Palma-Palmilla y aquí hay delincuencia, pero sobre todo hay personas sin recursos. Es un barrio donde los niños pequeños ya están familiarizados con las palabras tercer grado, permiso, condicional... Es un idioma totalmente conocido porque hay muchas familias que pasan por la prisión y no es porque sean personas a las que haya que temer».

Elverfeldt afirma que él siempre pone el mismo ejemplo: «Cuando yo era pequeño y hacía las cosas mal, robaba caramelos a mi madre o lo que fuera, ella me castigaba, pero mi reeducación no era el castigo, sino el beso y el abrazo que daba después, cuando me decía: «ya está olvidado». Entonces es cuando me daba cuenta de que no debía volver a hacerlo, porque lo que queremos todos es ser queridos, no estar marginados y apartados. El castigo nunca es suficiente, la cárcel es solo un castigo no es una herramienta para la reinserción en la sociedad. Falta la otra parte, en la que sociedad nos abrace y nos diga: «te quiero, ya está olvidado». Las personas que están en la cárcel ya tienen su condena y nos toca a nosotros que vuelvan a la sociedad saneados para que puedan tener una nueva oportunidad, hay que hacer algo que no se ha hecho, llevamos miles de años con cárceles, pero no hemos avanzado mucho. Lo único que hemos hecho es poner las cárceles más bonitas, con mejores barrotes y una comida un poco mejor, pero no somos capaces de acompañar a esas personas cuando salen, ya están marcados para siempre, llevan eso en el currículum y nadie los llama para trabajar. Eso es lo que deberíamos cambiar, siendo conscientes de que la cárcel no es el lugar donde están 'los malos', sino los que han hecho algo mal en algún momento de sus vidas».

La prevención es la clave

Es consciente de que «las personas que trabajan en estas instituciones lo intentan y que los equipos de las prisiones hacen todo lo que pueden, pero no lo consiguen. Es más castigo que reinserción. En pastoral penitenciaria tenemos un equipo de voluntarios impresionante porque simplemente están acompañando a estas personas y les dan cariño porque son hermanos nuestros y nos necesitan. Como sociedad tendríamos que encargarnos primero de la prevención, para que esas personas no caigan, esa es nuestra responsabilidad, porque la cárcel no es la solución».

En la misma línea que Elverfeldt habla el sacerdote diocesano Ángel Antonio Chacón, que acaba de recibir la Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario que otorga el Ministerio del Interior: «El primer impacto que sufrimos cuando llegamos a la cárcel es el de ver la desgracia de las personas y los pocos recursos con los que han contado a lo largo de sus vidas». Son precisamente estos recursos lo que intenta facilitar a los presos que salen de la cárcel y no tienen un lugar a donde ir desde la Casa de la Merced que él dirige. El padre Ángel, como muchos le llaman, afirma que «estar privado de libertad no es digno para nadie. El ser humano no está hecho para vivir encerrado. El estigma de la prisión y de la exclusión es muy difícil de eliminar, pero luchamos por ello cada día».

Uno de los trabajadores de esta casa, Javier Fernández, es educador social y explica que «en prisión se pierden muchas habilidades y cuando salen después de mucho tiempo el choque es grande, se sale un poco mareado. Y esa es nuestra misión, acompañarlos en su camino de vuelta a la libertad».

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