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Cadena perpetua y fraude de etiquetas

27 de enero de 2010

El oportunismo político vuelve a asediar a la racionalidad jurídica jugando irresponsablemente con los sentimientos de los ciudadanos.

LA OPINION DE A CORUÑA (CARLOS SUÁREZ-MIRA, PROFESOR TITULAR DE DERECHO PENAL).- Un año después de la desaparición de Marta del Castillo y coincidiendo con una nueva fechoría del tal Rafita -uno de los menores condenados por el asesinato de Sandra Palo-, algunos agitan de nuevo la bandera de la inseguridad ciudadana y de la pretendida condescendencia del Código Penal para con los delincuentes temibles reclamando la implantación de la cadena perpetua. Como sugiere su nombre, esta sanción implicaría el cumplimiento de una pena de prisión indefinida que, llevada a su extremo, conllevaría necesariamente la muerte del condenado en el establecimiento penitenciario.

Parafraseando la terminología de la teología católica sería algo así como imponer las penas del infierno (eternas) frente a las más llevaderas del purgatorio, limitadas temporalmente y aderezadas con la esperanza de acceder a la visión beatífica de Dios (entiéndase, de alcanzar la libertad definitiva).

Claro que en todo este asunto hay una pequeña gran trampa y es que resulta que, en primer lugar, la pretendida laxitud o blandura del texto punitivo español no es tal, pues contempla penas de hasta 40 años de prisión de las que se cumplen de verdad, pues ahora ya no se redimen penas por el trabajo como antaño. Y en segundo lugar, que esa cadena perpetua existente en otros países que se ponen como ejemplo (Alemania, Francia?) no es en realidad tan perpetua, sino que es revisable cada cierto tiempo, pudiendo extinguirse incluso antes de los 20 años. Por decirlo lisa y llanamente, el régimen español es notablemente más duro que los demás de nuestro entorno y nuestra población penitenciaria es de las más elevadas de Europa (en 2009 más de 73.000 reclusos), sobrepoblando peligrosamente las cárceles del país.

Además, tanto en esos Estados como en el nuestro, no sería posible imponer una condena a perpetuidad, pues en todos ellos rigen los principios jurídicos de humanidad de las penas y de resocialización. Nuestro texto constitucional proclama en su artículo 25.2 que las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social, es decir, se trata de actuar sobre la persona del infractor para inculcarle valores que le permitan en un futuro vivir dentro de la comunidad aceptando y cumpliendo sus reglas (tratamiento penitenciario). Esto sería inviable si el recluso no tuviese esperanza alguna de salir de prisión. Imagínense además lo que supondría para el buen gobierno del centro penitenciario la existencia en éste de individuos sin esperanza alguna de alcanzar la libertad.

Todo eso lo saben perfectamente quienes sacuden el árbol social a ver si cae alguna pera (en forma de voto), pero no pueden resistir la tentación de capitanear ese presunto descontento social que yo no veo por ninguna parte y reclamar con hipocresía una reforma de nuestro ya multirreformado -innecesariamente la mayor parte de las veces- Código Penal.

En realidad, y más allá de su engañoso etiquetamiento, el cumplimiento de las penas de prisión en España se acerca más -siguiendo con el símil teológico- al infierno que al purgatorio, pues el marco penal de la mayoría de delitos, y no digamos de los que atentan contra la vida o la libertad sexual, es sustancialmente más elevado de lo que lo era bajo el Código Penal anterior (procedente de la dictadura). Y por si esto fuera poco, cada revisión legislativa es utilizada para incrementar todavía más las penas en una espiral sin sentido que presenta incluso constatables efectos criminógenos. En efecto, el delincuente puede preguntarse por qué no causar más daño mediante la comisión de delitos más graves si la pena va a ser en todo caso muy elevada. A todo ello se añade la paradoja de que las tasas de criminalidad en nuestro país son hasta 20 puntos inferiores a la media europea. Así que no se crean eso de que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra. O sí, pero algunos años después

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