
18 de diciembre de 2007
DIARIO CÓRDOBA (FERNANDO PÉREZ).- Este artículo se podría igualmente llamar nuestros manicomios, nuestros orfanatos , nuestros hospitales . Existen sombras, espacios ocultos en toda sociedad, que normalmente no queremos ver, que preferimos olvidar o ignorar, mientras podamos seguir con nuestra vida cotidiana. Nos olvidamos de todos esos espacios de marginación, de horror y silencio, donde están y viven todos los que están al margen de la ley. Si uno se diera una vuelta por alguna de nuestras cárceles se daría cuenta de qué males afectan a la sociedad de hoy en día.
Michelle Foucault , en su obra Vigilar y castigar , nos presentó una maravillosa arqueología de la evolución del sistema punitivo y penitenciario de la Humanidad. A las cruentas penas públicas del mundo medieval y premoderno, que tenían por objeto el ejemplo y el terror, sucedieron la privación de libertad y la evolución de las mazmorras a las cárceles como espacios para la reflexión del penado, para su corrección y para un intento de reintegrarlo socialmente. Se idearon todo tipo de mecanismos para intentar corregir a los presos: aislamiento en celdas para facilitar la soledad que permitiese al preso enfrentarse con su delito; trabajo en común para crear virtudes de diligencia que acabaran con la holgazanería y el ocio; una fuerte disciplina, levantándose al amanecer y acostándose temprano. Los presos uniformados, sometidos a pláticas periódicas, a informes de los carceleros sobre su evolución, etc.
Si uno se acerca ahora a una de nuestras cárceles verá ausencia de criterios para reformar a los presos; sin uniformar, sin un trabajo disciplinado y serio; sin ninguna prédica que haga pensar al preso que está ahí por un mal realizado. En ese sistema supuestamente aséptico solo los educadores de los centros se hacen cargo real del reo como persona. En realidad, la mayoría de los presos piensan que están en presidio por exclusión social, por injusticia, porque no tuvieron ninguna oportunidad en la vida, y en muchos casos es cierto, pero eso no justifica el delito.
El relativismo moral, el caos, la falta de orientación de nuestra sociedad se vuelve un mal evidente cuando se trata de "reformar a un preso", de "reintegrarlo", de "corregirlo". Igual que todo relativismo moral acaba cuando uno tiene un hijo problemático en la propia casa, esta sociedad ha de asumir unos principios y valores claros, que deben guiar su política penitenciaria y carcelaria, porque privar al hombre de libertad sin más no basta. De lo contrario, el número de reincidentes crecerá; las cárceles empezarán a estar abarrotadas (como ocurre en algunas poblaciones de Latinoamérica, como Sao Paulo o Río de Janeiro), y al final habrá que pensar si no es más fácil que los no delincuentes vivan en un territorio vallado, en una prisión, que los separe del mundo de la delincuencia, del robo y del asesinato, y el resto del mundo lo dejamos como cárcel planetaria.
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