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"Presos de locura" (Reportaje sobre el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Sevilla)

11 de noviembre de 2007

Tres días en el psiquiátrico penitenciario de Sevilla. 186 internos con un doble estigma: cárcel y locura. Presos sin condena para los que no hay remisión de pena. Un estudio de Prisiones en todo el país desvela que uno de cada cuatro reclusos padece una patología psiquiátrica. (TEXTO COMPLETO DEL REPORTAJE EN PDF ADJUNTO)

EL PAIS (PABLO ORDAZ).- A José María, las voces no le decían cosas buenas

-Las voces me decían: mata.

A Jesús, los americanos le colocaron un aparato diabólico en su casa.

-Era un aparatito así, cuadrado, y ponía "codificador USA", y traía una hilera de claves. Y me hizo operaciones, me extrajo espermatozoides; me manipulaba la cabeza, los órganos. Me hacía perrerías...

A Pedro...

-No, yo no le puedo decir lo que hice. Es un asunto vergonzoso, complicado, grave...

El caso es que un día se despertaron aquí, en un lugar entre rejas con ese letrero en la puerta: "Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Sevilla". 186 hombres. Seis módulos. Celdas de a tres. Un huerto que cuidar. Una docena de pájaros. Dos perros. Los dos perros más acariciados del mundo. Clases de cerámica. Un cristo con cara de yonqui. Una mano que echar en la lavandería. Y en el gimnasio, la radio a todo volumen. Salidas terapéuticas. Unas veces al cine; otras, a pasear en canoa.

-¿Usted es el periodista?

-Sí.

-Encantado. Yo soy el hombre de negocios. Y aquél de allí es la serpiente. ¿Quiere que se lo presente?

No todo es locura. El joven tan atento es, efectivamente, el hombre de negocios en una obra de teatro basada en El principito que los internos del psiquiátrico penitenciario han representado con gran éxito. Miles de espectadores, muchos de ellos escolares, a los que, conforme avanzaba la función, se les iba quitando el susto de tratar con locos. El teatro Lope de Vega de Sevilla puesto en pie. Y la directora de Prisiones prendiendo un galardón en la solapa de la serpiente.

La serpiente es Pedro, el joven apuesto del crimen tan oscuro.

-Pero usted, Pedro...

-Sí, ya sé que tengo buen aspecto, que no me parezco a los demás. Pero no se engañe, yo lo que tengo es fachada.

Un mural gigantesco en el patio. El Guernica, de Picasso. Hombres que pasean de dos en dos, sin hablarse, sin mirarse. Una guitarra con acento andaluz en unas manos sin acento. Un anciano educado, de pelo cano, que siempre tendrá que dormir encerrado. Encerrado y solo. Su problema es la noche.

-Tiene dos muertes a su cargo.

La frase es de José Vidal Carballo, el director del psiquiátrico penitenciario. La pronuncia sin darle importancia, pero es la clave. No habla de "dos asesinatos", sino de "dos muertes a su cargo". No son asesinos. Son víctimas. Aunque sus manos se llenaran de sangre. De sangre muy querida, en la mayoría de los casos. Aquella voz que martirizaba a José María, aquel "codificador USA" que guió a Jesús hasta la puerta de su cuñado, lo que Pedro esconde...

Es la hora del café. Los alumnos de jardinería desbrozan una enredadera que se salió de madre. Modesto apaña a los canarios metido en una jaula gigante. Dos jóvenes sacan los perros a pasear. Hay una tijera de podar abandonada sobre una mesa. Se respira tranquilidad, pero el director del psiquiátrico penitenciario -médico de formación- contempla la escena y mueve la cabeza: "Es una pena. Muchos de ellos no tendrían que estar aquí. Hacemos todo lo posible porque esto no huela a manicomio ni huela a cárcel, pero lo cierto es que en la puerta pone psiquiátrico y estamos dentro de los muros de la prisión Sevilla-2. Un enfermo mental no debería entrar aquí. Una cárcel no es un sitio para dar salud. Estamos matando moscas a cañonazos".

Los 186 internos recluidos aquí y los 400 -entre hombres y mujeres- encerrados en el psiquiátrico penitenciario de Foncalent (Alicante) nunca llegaron a ser condenados. El tribunal que los juzgó, los consideró inimputables porque cuando cometieron los hechos tenían sus facultades intelectivas y volitivas anuladas. No hubo culpa. No hubo delito. No hubo condena. Pero, en aplicación del Código Penal, se les impuso una "medida de seguridad". Por lo general, el internamiento en un psiquiátrico penitenciario por un tiempo similar al que les hubiese correspondido de haber sido condenados, pero con muchas más desventajas.

-La mayoría de los delitos de los que ingresan aquí -explica Javier Lamas, uno de los psicólogos- son contra las personas, lo cual implica que, como media, van a cumplir más de ocho años de internamiento. Y eso quiere decir que como no tengan una familia que les apoye -y sólo un 27% de ellos la tiene- van a estar aquí encerrados durante toda la pena. Si es de ocho años, ocho años; si es de 15 años, 15 años.

La alarma ha llegado a la dirección de Instituciones Penitenciarias. Por la situación actual: "El sistema falla", advierte Mercedes Gallizo. "Falla la prevención, fallan los recursos de las comunidades autónomas. Ya no vale cerrar los ojos. Es una cuestión de humanidad. ¿Qué pasará con ellos cuando salgan de prisión?". Y también por el futuro inminente. Un estudio muy reciente realizado en las cárceles españolas -sin contar, obviamente, los psiquiátricos- desvela que uno de cada cuatro reclusos presenta patología psiquiátrica. Si se incluye el abuso o la dependencia de las drogas, el índice no puede ser más preocupante: "Uno de cada dos presos padece algún tipo de alteración en su estado mental". La demanda de atención psiquiátrica va en aumento. El 12% llegó incluso a necesitar tratamiento especializado, lo que supone un porcentaje mucho mayor que el de la población general. El 31% de los internos tiene prescritos psicofármacos. Y hay un 11% que, además, consume metadona. "Es el momento de sentarnos a solucionar el problema. Ya no vale cerrar los ojos".

Hay enfermos que llevan toda la vida entre rejas, más años de condena real que el más sangriento de los terroristas.

-A los 15 añitos nada más me metieron en un psiquiátrico civil que había en Las Palmas. Había dos mil y pico pacientes. Al ver allí a aquellos locos, con cuatro chaquetas puestas en verano, me sentí morir. Los médicos me pincharon y estuve toda la noche como si estuviera dentro de un nicho, oyendo voces, sintiendo cómo subían las escaleras para ponerme la corona, como si estuviera enterrado en vida. Con 15 añitos nada más.

José María está a punto de cumplir 40 años y sigue escuchando voces:

-Sí, sí, nosotros oímos voces. Las voces no me decían cosas buenas. Las voces me decían: mata. Pero yo soy pacífico a tope, y no quería hacerle caso a las voces. El psiquiatra me decía: las voces no se harán realidad si tú no quieres.

-¿Y cómo distingue las voces reales de las otras?

-Usted me está hablando, yo me quedo con su voz, y a lo mejor a la noche su voz yo la vuelvo a escuchar, ¡su voz!, la que usted tiene. Me pasó con un psiquiatra. Tenía una voz fuerte y yo creía que era mi padre, y mi padre murió cuando yo tenía dos años, y yo le decía papá al psiquiatra. No había nadie en mi casa, pero yo oía hablar a aquella voz. Yo me creía que era alemán, ¿sabe usted?, también tenía un poquito de doble personalidad.

El taller de cerámica está abarrotado. Las piezas de barro, el murmullo, la lucha contra la torpeza de las manos, un torno que gira sin descanso, el relieve de un Cristo en lo alto de un armario, una Virgen que quiso ser la Macarena... La monitora se mueve entre los internos con soltura, sin desconfianza, ese olor que los enfermos mentales saben distinguir a leguas. Se dirige a un hombre de piel curtida:

-Raposo, ¿bajamos a tu Cristo?

-Vamos a bajarlo.

Entretanto se acerca un joven. Tiene andares torpes y el rostro abotargado. La barba cuidada. Su intento de sonrisa desemboca en una expresión de amargura.

-Mi nombre es Pedro y quería hablar un momento con usted, sacar a la luz este escrito basado en hechos reales.

Uno de los jefes de servicio, Eduardo, se dirige a él con amabilidad:

-Espérate, Pedro, que ahora estamos viendo el taller de cerámica. En cuanto terminemos, te atiende. (...)

(TEXTO COMPLETO DEL REPORTAJE EN PDF ADJUNTO)

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